Monday, January 24, 2011

El nacimiento de Giselle Grace

A petición de mi mamá...
 
Quizás parezca raro que sienta la necesidad de escribir su historia, pero  hoy más que nunca me doy cuenta de que mi memoria ya no es tan confiable y necesito un medio más rápido de grabarla en las crónicas de esta pequeña familia.  Escribir en un diario es algo que prefiero mucho más que esto, pero esta etapa de mi vida clama por las cosas prácticas.  Habiendo dicho eso: 

Desde mi primer parto, las fechas que le dan a uno los médicos al principio del embarazo nunca han significado mucho para mí.  Cuando estábamos tratando de decidir la fecha en que mi mamá viniera, pensamos que el 12 de diciembre sería una buena fecha puesto que yo estaba para el 14.  Conseguir un boleto por un precio cómodo en esa fecha fue imposible, asi que empezamos a mover la fecha un día a la vez hasta que llegamos a la cantidad que ella había logrado juntar.  Compramos un boleto para el 08 de diciembre y en esa fecha, mis dos papás vinieron.  Ben tenía libre el 09 así que nos aventuramos a hacer algunas compras Navideñas que yo quería sacar del paso.  Ben tenía que trabajar el viernes por la noche.   

La mañana del viernes la pasamos en una fiestecita de Navidad para los chiquitos en casa de mi cuñada, Dee y yo ya me había resignado a la idea de que Ben tenía que trabajar las dos noches siguientes.  Para mí, esto también quería decir que cualquier chance de que mi bebé se adelantara a la fecha quedaba fuera de este fin de semana... después de todo, yo ya le había pedido a Dios que no pasara en una noche que Ben tuviera que trabajar.  Primero que nada porque necesitábamos el dinero y luego, pues porque trabaja tan lejos que la idea de que manejara 40 minutos para venir a recogerme y luego tuviéramos que manejar otros 35 hacia el hospital era demasiado para mi tranquilidad emocional.  Si a eso le agregamos que Emily, que era quien se iba a quedar con los niños no iba a poder esa noche, nuestra segunda opción tampoco podía porque las dos tenían que trabajar al día siguiente, pues de plano que no había forma práctica de que yo tuviera a este bebé este fin de semana, desde ningún punto de vista. 
 
Tomé una pequeña siesta y luego me puse a hacer la cena.  Había decido hacer un pavo con puré de papas y vegetales.  Estuve de pie por espacio más o menos de una hora y a eso, y al hambre que tenía, le atribuí las contracciones de Braxton hicks que tenía.  Disfrutamos de la cena y las contracciones no se detuvieron, pero tampoco me molestaban.  Como a las 6:00 p.m. decidí acostarme un rato porque las braxton hicks no paraban.  Para las 7:00 p.m., sabiendo que Ben tenía que irse a trabajar a las 9:00 lo llamé y empezamos a tomarle el tiempo a las contracciones.  Se sentían como abrazos fuertes que se estrechaban desde mi estómago a mi espalda, se mantenían constantes entre cada 9 y 11 minutos.  Tuvimos varias conversaciones de este tipo: 

Yo:  "ok, aquí viene otra"
Ben:  (que había bajado una aplicación especial para tomarle el tiempo a las contracciones en el itouch, mientras les tomaba el tiempo) "¿crees que te vas a ir hoy?"
Me:  "No sé"
Ben:  (arreglándose para ir a trabajar) "hace 9 minutos tuviste la última"
Me:  "¿Por qué no llamamos  _____ ? (llene el espacio en blanco con su elección:  al trabajo, a la partera, a tu mamá, etc.)"
Ben:  "Demos otra hora a ver qué pasa"

Cuando él ya tenía que irse y se nos habían acabado las horas para "darle otra hora a ver qué pasa" y las contracciones ni se intensificaban, ni se hacían más frecuentes, decidimos que él iba a llamar para hacerles saber que si no pasaba nada iba a llegar tarde.  Tuvimos una de esas conversaciones tratando de determinar cuándo llamar a la partera, cuando hacer arreglos para que alguien más se quedara con los niños, etc. con cada contracción.  Para las 10:00 con el mismo progreso, que dicho sea de paso, fue muy diferente a cualquier otro de mis tres trabajos de parto, alerté a la partera.    Ella me sugirió que siguiera llamándola periódicamente y laborando en casa.  Luego de esto, debo haberme quedado dormida por 20 minutos y me despertó una contracción, cuando nos dimos cuenta de que habían pasado 20 minutos desde la última contracción supusimos que iba a ser una falsa alarma, después de todo y me volví a quedar dormida.  Veinte minutos más tarde, me despertó otra contracción junto con  un  hambre feroz.  

Dejé que Ben durmiera, bajé y llamé a la partera mientras me comía un sandwich de Mantequilla de mania con jalea.  Las contracciones volvieron a agarrar el mismo ritmo, misma intensidad y para la 1:00 a.m. decidimos ir al hospital y acomodarnos allí, esperanzados de poder usar la bañera para laborar.  Llamé a la partera para avisarle.  Ella me dijo que ya estaba en el hospital y que me tomara mi tiempo porque la bañera no estaba disponible y el hospital estaba lleno.  A este punto, sólo podían ofrecerme la sala de operaciones, iban a  poner una cama y tratar de hacerlo más cómodo pero eso era todo lo que tenían disponible en ese momento.    A estas alturas, este trabajo de parto ya estaba muy lejos del ideal que yo había deseado y me di cuenta de que tenía la opción de:  Frustrarme por todas estas circunstancias que estaban fuera de mi control, o hacer del nacimiento de este bebé la celebración gozosa que debía ser y controlar las cosas que sí tenía en mi control.  Escogí la última opción y me determiné a tener una buena opción durante todo el tiempo.   

Una vez camino al hospital, mis contracciónes empezaron cada 4 o 5 minutos.  Una amiga que es partera y vive en Hawaii me llamó al celular y juzgando por mi voz dijo que sonaba como que tuviera unos 4 cm de dilatación (como suena eso, no sé, pero bueno) y se preguntaba si no íbamos demasiado pronto al hospital (para esto eran las 2:00 a.m.).  Quería escucharme durante una contracción, pero su llamada fue el único descanso que tuve en los 35-40 minutos que nos tomó llegar al hospital:  ni una sola contracción mientras estuvimos al teléfono.  Al llegar al hospital, tuve que llenar toda la papelería aunque había hecho el pre-registro que ofrecen para evitar retrasos a la hora del parto.  Hice lo que pude para laborar las contracciones a medio lobby del hospital con una secretaria que parecía estar pasando una peor noche que la mía tomando toda mi información otra vez.  Pero me recordé a mí misma que este era un momento de gozo y traté de ignorar todo lo posible y enfocarme en el hecho de que alguna buena razón debía haber para este retraso y que a su tiempo la conocería.  Justo como había pensado,  para cuando la señora había terminado la papelería y llamó para ver a dónde tenía que mandarme, una habitación de Trabajo de Parto se había desocupado y una enfermera muy agradable me condujo felizmente hasta allí.  

No tenía bañera, pero tenía mi música, estaba rodeada de gente amada y tenía al Espíritu Santo para ayudarme a través de esta celebración para recibir a mi bebé.  Seguí laborando sin saber cuánto tenía de dilatación porque, dada la extraña naturaleza de mis contracciones, no quería enterarme de que tal vez sólo llevara 4 cm y sentirme frustrada así que pedí que no me examinaran.  A propósito, ¿ya mencioné que la partera de turno fue la única que no vi durante todo este embarazo?  Sí... pero hizo muy bien sus tareas porque ya sabía que queríamos que Ben tuviera la opción de recibir al bebé y que yo no quería que me rompieran la fuente artificialmente.  Se portó de maravilla, muy atenta a todos mis deseos y nunca interfirió con nada.   

Debe haber sido como las 4:00 a.m. cuando decidí que me examinaran para ver cómo iba.  Este trabajo de parto fue tan distinto que no podía ni imaginarme qué clase de progreso llevaba.  Las palabras exactas de mi partera fueron:  "hmm... pues tienes como 7cm... pero bien pueden ser 8, pueden ser 9... ¡tienes la cérvix tan suave!" (Gracias a las pastillas de Evening Primrose Oil que me recomendó mi amiga de Hawaii).  Todos sabíamos que lo único que esperábamos para que naciera el bebé era que se me rompiera la fuente.  La fuente nunca se me ha roto espontáneamente.  La partera nos dijo que su otra paciente estaba pujando y que iba a tardarse un poco más en regresar y nos instruyó que la llamaramos inmediatamente si se me llegara a romper la fuente.  Para este parto, yo tenía todas estas visiones de que no me rompieran la fuente sino que pasara todo naturalmente.  Le dije a todos los que pude que me recordaran que no quería que me rompieran la fuente, pero me sentía sumamente cansada.  A diferencia del parto de Benny, en que me sentía tan en control de las contracciones, me estaba empezando a sentir sobrecogida por ellas.    De alguna manera se sentían diferentes y yo me empezaba a sentir como que no podía controlarlas.  Nunca me puse a pensar de que a estas alturas ya llevaba la noche entera laborando, después de un día completo de actividad y que ya iban más de las 6 horas que mis dos partos anteriores habían tomado, sencillamente no podía entender por qué no estaba "disfrutando" la experiencia como en el pasado.  Creo que Ben también pudo darse cuenta de esto porque al discutir la posibilidad de romper la fuente, él reconoció el hecho de que yo había insistido tanto en evitar la ruptura y esperar, pero definitivamente no me sentía en control como lo había sentido en las oportunidades anteriores.  Acordamos que la próxima vez que entrara Caren, la partera, le pediríamos que me rompiera la fuente. 

Como 45 minutos más tarde ella entró y le pedimos que me rompiera la fuente.  Ella llamó a la enfermera, se puso su batita quirúrgica y toda la emoción y preparación para la aparición de este bebé empezó.  Ben se quitó el reloj y se empezó a preparar para recibir a su nuev@ bebé.  Inmediatamente con la bajada del líquido me entró la URGENCIA de pujar... ¡y pujé!  Mientras pujaba y escuchaba toda la emoción de saber que la cabecita ya estaba afuera, sobrecogida por la emoción de conocer a mi nuev@ bebé y de que mi cuerpo tomara el control de la monumental tarea de traer vida luz, recuerdo haber escuchado algo como:  "una mano, ¡esa es una mano!" seguido de la instrucción de la partera de no pujar sino SOPLAR... "¡sí pues!" Pensé "¡como si pudiera hacer algo para detener esto!" pero procedí a tratar de soplar, pensando "¡no entiendo para qué, si ya salieron las manos, ya salió el bebé... ¿para qué quieren que sople y deje de pujar?

Lo demás pasó tan rápidamente, como suele suceder.  Ese momento glorioso cuando una ve ese cuerpecito mojado... estreché mis manos para tocar a esta pequeña persona en manos de mies esposo mientras que él quitaba el cordón del camino para revelar a quién sostenía en sus manos.  Su voz anunció "¡Es una niña!", yo debí haber suspirado "¡...una niña!" mientras él la recostaba en mi pecho.  La tuve allí acurrucadita durante más de la primera hora de su vida, piel con piel, mi dulce bebita y yo.  Ella no tenía mayor interés de mamar, estaba tan contenta con estar cerca de mi corazón.  Fue durante este tiempo que entendí lo que había pasado cuando nació.  Ben  no tuvo oportunidad de recibirla exactamente como habíamos pensado.  La partera tuvo que interferir para que yo no me rasgara porque mi muñequita nació con su manita levantada sobre su cabeza.  Él recibió el resto de su cuerpecito, o una parte de ella o "el chorro" como él lo ha descrito, pero lo que haya logrado recibir ¡fue un momento precioso, glorioso y del más grande gozo que se puede describir!  Cada vez que me preparo para un trabajo de parto pienso que quiero llevarme mis lentes de contacto porque no me quiero perder ni un momento de esos primeros segundos de la aparición de mi pequeño pasajero, pero ¡nunca los he necesitado!  No quiero describir el momento como "mágico" porque ese término parece inapropiado para un momento como ese.  Absolutamente TODO se vuelve tan vívido y brillante, al mismo tiempo todos y todo lo demás pasa a ser la más nublada de las neblinas cuando uno conoce a esta nueva personita.  ¡Qué momento más sublime y enriquecedor es este!  ¡Qué idea más maravillosa tuvo Dios al compartir Su poder creativo con nosotros para traer la vida a este mundo!

No sé si fue por lo lleno que estaba el hospital o sólo porque estaban honrando todas mis peticiones, nunca lo sabré con exactitud, pero me complació extremadamente que sólo hubiera una enfermera y mi partera atendiendo mi parto.  Ni siquiera supimos su peso sino hasta mucho más tarde (para los estándares de los hospitales), tanto que mi partera se fue sin saber cuánto había pesado mi bebé.  ¿Fue un parto ideal?  Sí, lo fue.  No en términos de que fuera sin dolor, o rápido, o predecible, o porque siguiera mi plan ni nada por el estilo.  Fue ideal en el sentido de que confío plenamente en Aquel que pensó y diseñó todo este proceso.  He aprendido que los procesos son extremadamente importantes y, porque se le ocurrió a Él para traer la vida al mundo, confío en el proceso en mi cuerpo también. 

"Bienvenida a nuestras vidas, mi dulce Giselle Grace.  ¡Eres una promesa, una promisa del poder absoluto del Altísimo y ha sido un honor ser el vehículo que Él escogió para darte entrada a este mundo!"

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